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Relato - Academia de prostitución gay

CONVOCATORIA PARA EL PROXIMO EXAMEN DE ADMISION

La "Academia de Prostitución Gay" anuncia que están abiertas las inscripciones para su próximo examen de admisión.

Requisitos para postular:

Tener entre 18 y 25 años. Gustar mucho del sexo. Tener un buen físico. Ser muy ambicioso.

Programas ofrecidos: Programa de Activos: Con énfasis en cursos y talleres donde se enseñan las mejores técnicas para follar, dar placer con la verga y dominar sexualmente. Programa de Pasivos: con énfasis en cursos y talleres donde se enseñaran las mejores técnicas para ser follado, dar placer con la boca y el culo y ser sometido sexualmente.

Los estudiantes de ambos programas recibirán cursos sobre tipos de clientes; relaciones entre sexo, dinero y poder; técnicas de control de orgasmos y como promocionar y vender sus cuerpos en el mercado de la prostitución y la pornografía.

Proyección a Futuro. Todos los graduados saldrán con un puesto de trabajo asegurado en Burdeles o Agencias de países del primer mundo, pues como parte de la "XXX" Adult Network Inc., una poderosa corporación internacional dedicada al negocio del entretenimiento para adultos, la Academia de Prostitución Gay se encuentra en una posición privilegiada para ofrecer a sus alumnos todas las visas y permisos necesarios para trabajar en los mercados más competitivos...

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Relato: Pasa y Mira

Había aprobado la selectividad en setiembre y entrado en una carrera de cuyo nombre no quiero acordarme. A una semana del inicio de las clases aún no tenía piso en Santiago de Compostela; aunque tenía claro que era una asignatura que quería aprobar urgentemente sino me quería ver en la puta calle de esa ciudad tallada por la lluvia. Siguiendo el consejo de perros viejos y sabios que sabían sobre el tema, me dediqué, antes de ir a las inmobiliarias que en ese momento estaban cerradas, a buscar en los anuncios que se ofertaban por los supermercados, cabinas telefónicas y otros sitios. Entré en el supermercado "Claudio" para enfrentarme a la cruda realidad que discriminaba mi entrepierna: se alquilaban habitaciones, pero para chicas. Aún así encontré un anuncio que alquilaba "habitación a chico". Consultando el callejero descubrí que era la prolongación de la calle donde estaba y hacia allí dirigí mi incertidumbre. Era un primero y una voz interrogante me abrió el portal. A grandes pasos, pues temía que le interrumpiría la comida, me dirigí hacia el piso. Justo cuando llegué la puerta se abrió y en la penumbra pude distinguir a un joven menudo que con toda cordialidad me invito a pasar. Caminando por el pasillo pude apreciar una silueta robusta que seguía con paso firme hacia lo que parecía un salón. Cuando entré pude ver con todo detalle lo que la oscuridad me había negado. Como en los perfumes, aquel cuerpo que no llegaba al 1'60 de altura, concentraba en esa poca superficie una virilidad exultante. Vestía ropa ceñida que se fijaba a su piel acentuando cada una de las partes que armonizaban ese magnífico cuerpo hasta recrear un poderoso atractivo que, en aquel momento, yo distaba mucho de apreciar.

- Estoy comiendo. ¿Quieres?

- No gracias.

- No te cortes. ¿Te importa? -dijo al tiempo con un gesto que daba a entender que se quería quitar la ceñida camiseta para soportar el calor de un verano que se resistía a abandonarnos.

- No. Claro que no -expliqué tímidamente-, estás en tu casa...

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Relato: Campamento de instrucción

“¡Lo llevas claro chaval! No sabes la mili que te espera.”

De todo lo aprendido y de todo olvidado, este es el primer recuerdo que viene a mí cuando vuelvo a aquellos años. Ha llovido desde entonces, pero su recuerdo sigue sobresaltándome con el mismo poder del rayo. Igual que éste, aquella recomendación venía vestida de amenaza, y era este vestido el único que captaba tu atención y tu miedo.

De la miseria y esperanza de aquellos años, aquel tiempo lo veo como un nuevo parto, como un nacimiento tardío, pero igual de doloroso, y que llega cuando uno cree que ya lo sabe todo. Pero para esa alba, tenía que llegar antes el olvido de lo que uno había aprendido a lo largo de todos esos abriles; y tras ese vacío la violenta luz se colaba a golpe de tambor arañando profundamente tu sentir, para hacer hueco a un universo íntimo y profundamente detallado que abarcaba un campo enorme de ritos, valores, códigos morales, que delimitaban cada paso, cada segundo de la vida que allí perdías.

En ese galimatías, donde los objetos sufrían las mismas condenas que las personas, equiparándose el tratamiento y la consideración que a ambos se tenía entre esas cuatro paredes que la gloria había dejado huérfanas, por mucho oropel de mierda patriotera con que se vistieran, era una cárcel de doce meses; ni un día menos, aunque puede que unos días más, pues los calabozos estaban a la orden del día.

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Relato: Antonio Galvache y Hermanos

Antes cuando subía las dos fotos de Vintage, me acordé de un relato que encontré hace un par de años en la web de TodoRelatos y que tiene también un cierto aire a Vintage. A mi personalmente me gustó mucho.

Una vieja historia (en realidad es casi una mini-novela) ambientada en una ciudad provinciana durante los años anteriores a la Guerra Civil Española, cuyo protagonista es homosexual. Tiene drama, ternura y profundas contradicciones personales.

Comienza así...

Hace unos años salí en un programa de TV hablando de un pintor recién muerto, a quien conocía personalmente y del que hacían una exposición póstuma. Era un artista también atípico, "hiper-realista" en estos tiempos. Había sido dibujante forense y estaba especializado en pintar cadáveres y heridas traumáticas. Últimamente, cuando se sintió morir, pintó una "Pietà", en la que aparece, con asombroso realismo y una luz mágica, el cadáver totalmente desnudo de un joven torturado, blanco como la cera, y lleno de hematomas, sobre la falda de su madre. Todo el mundo conoce este tema. El pelo del joven estaba lleno de coágulos de sangre. La crítica "progre" ignoró la exposición; un católico intransigente rasgó con una navaja el cuadro por indecente. Como pude, expliqué a los televidentes los pros y contras de esa pintura y abogué, como hago siempre, por la libertad creativa también de los que no son progres en la gran selva del arte contemporáneo...

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Relato: Una noche en el calabozo

Autor: Jimmy

Aquella noche yo había salido con el coche de mi padre, un deportivo estupendo que yo procuraba usar cuando él no estaba. Claro que había un problema: yo no tenía carné de conducir. Me encanta conducir a gran velocidad, así que puse el vehículo a no menos de 180 kilómetros por hora. Así que no fue raro que, poco después, una sirena se situara detrás de mí. Era la policía. Un coche me adelantó a gran velocidad y se situó delante mía, hasta hacerme parar en el arcén de la carretera. Dos policías bajaron rápidamente y me encañonaron. Yo estaba muerto de miedo, aquello me podía costar caro; ya veía las consecuencias: el correccional, con chicos delincuentes que cualquiera sabe qué podrían hacerme, el futuro en entredicho, sin universidad ni posibilidad de estudiar en los centros exclusivos a los que esperaba acudir, ya que mi familia tiene posibles.

El caso es que los policías me sacaron del coche, me colocaron con violencia sobre el capó y me cachearon. Yo llevaba puesto sólo un pantaloncito corto y una camiseta, porque la noche era calurosa, y los policías poco tuvieron que registrar. Sin embargo, el que me registraba creyó percibir algo entre mis piernas, y me ordenó bajarme los pantaloncitos. Lo cierto es que lo que me pasaba era que, con la velocidad tan enorme que había conseguido, se me había puesto una erección de caballo, y tenía todavía el carajo como una piedra, y el poli debió creer que escondía una pistola en el bulto del pantalón. Me bajé el pantalón, como quería, y me quedé con mi pequeños slips que apenas podían contener el nabo que pugnaba por salirse...

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Relato: La suavidad en los tejanos

La mejor vista posible, junto a la de un culo desnudo de diecinueve años, es esa misma carne envuelta en tejano azul descolorido, revelando cada curva y cada relieve.

Lo que explica el por qué estaba sentado pacientemente a la puerta de la mugrienta oficina de la Blue Balls Body Shop, esperando a que le echasen un vistazo a mi coche. El apolíneo joven que había delante de mí conducía un "Mustang" descapotable verde; estaba apoyado contra la ventanilla, esperando a que le diesen presupuesto. Su culito, perfectamente moldeado, estaba apenas a sesenta centímetros de mi cara.

Estaba cubierto por una segunda piel de algodón azul, lavado hasta que prácticamente se había tornado blanco. No eran de esos llenos de rotos y agujeros con los que los adolescentes te ponen a cien; pero la parte más raída, bajo el culo, dejaba claro que aquel chico no llevaba calzoncillos. Adoptó una de mis poses favoritas, con una cacha del culo más alta que la otra.

Ese trasero parecía tan incitante, que me acerqué y empecé a hacer el ganso. El tejido era cálido y suave, recién salido de la tintorería. ¡Todo un culo prieto, si señor!

El chico dio un respingo al notar mi contacto y se volvió rojo como un tomate:

-¡Qué pasa! -dijo...

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Relato: Punk de pueblo

Lo peor ya había pasado: mi nueva banda había acabado su primera actuación en vivo, y finalmente podía relajarme durante una hora antes de actuar de nuevo. Sentados y tomándonos una cerveza, nos rodeó la habitual nube de admiradores adolescentes, que nos pedían fotos y autógrafos. También estaban los que, simplemente, querían sentirse importantes por haber hablado con alguien que creían famoso.

Un chaval joven, yo diría que no pasaría de los dieciocho años, se me acercó para pedirme un autógrafo. Me pareció que lo reconocía de alguna parte, pero yo vivía lejos del pueblo en el que estábamos tocando, así que enseguida atribuí aquello a un caso más de eso que llaman falso recuerdo. En cualquier caso tenía el aspecto del "chico malo" de las películas.
Su cabello estaba peinado de una forma espectacular, estilo punk y teñido con una interesante tonalidad púrpura; pero lo que realmente llamó mi atención fue el triángulo rosado que había pintado en su agujereada camiseta negra. El emblema, estratégicamente colocado, apuntaba hacia abajo, llamando una atención bien merecida hacia su estómago, que estaba al aire y se veía atléticamente desarrollado....

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Relato: Estudiantes con marcha

-La tengo dura -susurró Hipólito, inclinando su enorme hombro hacia mí. Estábamos sentados en un pupitre doble, en la clase de historia.

No podía arriesgarme a devolverle el saludo. Los ojos del profesor eran muy agudos, a pesar de sus sesenta años. El Sr. Vilas era muy duro con los chicos que hablaban en las filas de atrás; así que inocentemente garabateé "Y eso ¿Por qué?", en una hoja limpia de la libreta y se la pasé sobre la maltratada superficie de madera, con los ojos clavados en el profesor; que estaba sonriendo con una mueca a lo Mussolini, tras haber hallado un paralelismo entre el senado de Roma en tiempos de Cicerón y el actual gobierno.

Hipólito me contestó con letras muy grandes: "¡Porque tengo una edad muy mala, Pellizcos!".

Bueno, mierda, también yo tenía esa edad, tampoco podía controlar mi polla; se me ponía dura como un taco de billar cada vez que me echaba de espaldas o cuando notaba una vibración en el culo, como cuando nos sentábamos en el autocar, con el motor en marcha. ¡Cielos, en muchas ocasiones incluso me corría en los pantalones!; pero, ¿en la clase de historia...?

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Relato: El hijo del predicador

Lo único que recordaba de la noche anterior eran breves fragmentos de sueños llenos de pasión y lujuria; sueños en los que me degradaba a mi mismo, dejándome llevar por pasiones antinaturales. Las partes más íntimas de mi cuerpo estaban doloridas... la cabeza incluida.

Si, por fin recordé cómo Wiley y yo nos habíamos escapado de la tienda, mientras el reverendo Dickerson estaba predicando: los himnos flotaban por entre los tallos de maíz iluminados por la luna, confundiéndose con el frenético clamor del apareamiento de cigarras. Wiley me ofreció un poco de whisky. Después de haber bebido unos cuantos tragos cada uno, Wiley había puesto algo largo, duro y vivo en mis manos.

-Toma -me había dicho-. Tócala... ¿Verdad que es la mazorca más grande que has visto en tu vida? Es de las que ganan premios... ¿No te hace sentir hambre? ¿No te hace sentir deseos de chuparla?

Y luego... El vacío. Hasta esta mañana en el remolque de Wiley. Aquí, acurrucado a mi lado en la cama, estaba él, dormido y con la sonrisa de un gato que se ha comido al ratón. Mis tejanos y mis calzoncillos estaban encima de la alfombra, así que debía de estar desnudo. Sentí el roce de la pierna desnuda de Wiley en la mía...

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Relato: El Mirón

Durante los primeros tres años de bachillerato superior, yo vivía en un estado de constante ansiedad. Afortunadamente, durante el último curso las cosas empezaron a mejorar de modo notable. En primer lugar una de las chicas más ricas y populares de la escuela descubrió que yo tocaba Jazz al piano y me pidió que lo hiciese en una de sus fiestas. Eso me llevó a un grado de aceptación social que hasta entonces no me había atrevido a soñar. En segundo lugar, logré dejar atrás la peor parte de mi pubertad.

Realmente estaba muy agradecido a la madre naturaleza por sus favores, pero por lo que le quedé en deuda fue por el último favor que me concedió en mi paso al estado adulto. Antes de crecer del metro sesenta y cinco al uno ochenta, mi aparato genital era, por decirlo de algún modo, "normalillo"; pero en algún momento de mi proceso de maduración las cosas cambiaron radicalmente: mis vergüenzas crecieron por todo lo grande.

Lo que ahora colgaba de mis piernas era un cacho de polla, principesca en sus dimensiones y magnífica en su actividad. Y cuando esta mañana me la estaba mirando una vez más, antes de vestirme para ir al cole, se alzó, como para reclamar la atención que mi mano y yo le dedicábamos a la menor oportunidad.

Recuerdo cuando me la medí por primera vez; había tomado la cinta métrica del costurero de mi hermana y la puse sobre la ancha y venosa superficie superior del mango. Mantuve firmemente el extremo contra la base del pene y conté los centímetros que había hasta el punto en que la cinta se doblaba para caer más allá de la gran cabeza: veinticuatro centímetros... veinticinco si me la meneaba un poquito, de una carne dura como una piedra y caliente como un volcán. Veinticinco centímetros y todos míos...

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